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David León.- 

   A las cuatro de la mañana iba montaña arriba sobre el volcán Cotopaxi.

Tengo que comprarme mis propias botas pensé, unas que sean más livianas;  aunque mejor no, son muy caras y además no se si haga esta vaina de nuevo, esto es una verdadera pesadilla, ¿todo por lo que he pasado para llegar hasta donde estoy y sigo pasando trabajo? Definitivamente esto no es para mí, esto es pa’ locos.

Dos días antes, una larga jornada de problemas con la tarjeta de crédito en Quito nos había obligado a salir después del mediodía hasta la posada “Chilcabamba”.   El pequeño hostal quedaba un poco más alto que la ciudad, íbamos a pasar una noche allí para ganar algo de altura antes de la esperada excursión.

Hicimos un largo recorrido en el congestionado Trole-bus hasta el terminal Sur, luego tomamos cuatro autobuses diferentes hasta el último caserío, antes de adentrarnos en las afueras del Parque Nacional Cotopaxi, donde quedaba el Hostal.

Eran ya las 5 de la tarde, y en aquel caserío ya no había camionetas que nos llevaran hasta la posada, eran dos horas de camino rústico y llovía mucho.

El chofer del último autobús, al vernos en aquella angustiante situación, llamó a un amigo que posiblemente nos llevaría en su camioneta. Daniel Santos se llamaba este nuevo personaje, quién luego de ofrecerle unos dólares por el favor, accedió a llevarnos a nuestro destino.   Al conocerle, me presenté como Julio, Julio Jaramillo; soltamos una carcajada y rápidamente rompimos el hielo, necesario para poder ir tres personas en la parte de adelante de una camioneta “picó”, junto a dos bolsos de mochilero para que no se mojaran con la lluvia. 

Me tocó ir en el medio entre JP y el señor Santos, a quién por cierto le falseaba la voz mientras hablaba;  tuve que hacer un esfuerzo para no burlarme y aguantar la risa por un buen rato, viendo al frente y sin ver a JP, si no seguramente hubiésemos soltado la carcajada.   Eran ya las siete de la noche y no paraba de llover, sin embargo nos manteníamos de buen humor, riéndonos de las adversidades ocurridas durante el día, contentos, pues finalmente íbamos en vía al hostal.

Al llegar a la posada, JP no encontraba su cartera donde teníamos el dinero para pagarle a Daniel el chofer. Unos veinte minutos nos tomó darnos cuenta de que un bolsillo de su pantalón, donde guardó la billetera durante el intrincado viaje, tenía una larga raja.   Habría sido en el trolebús o en alguno de los 4 autobuses que tomamos, lo cierto fue que le habían robado la cartera con una impecable precisión;  era increíble que eso le estuviera pasando a un par de caraqueños.   Entre risas, por lo peculiar del robo, intentamos superar este nuevo infortunio. Al menos ya habíamos pagado lo necesario para completar el viaje, y no era tanto el dinero que guardaba.

Llegó el día esperado y la mañana amaneció despejada. Desde la posada se veía el Volcán imponente y brillante;  un estímulo que necesitaba para cargar las energías disminuidas por lo acontecido del día anterior. 

Edy el guía, nos recogió en el hostal a las 4 de la tarde para llevarnos hasta el refugio del Volcán, pues queríamos estar a las 6 comidos y acostados para descansar hasta las 12 de la noche, cuando arrancaríamos la caminata.   Repentinamente, el clima cambió y una tenue pero constante lluvia permaneció durante el resto del día. Una hora nos tomaría llegar a la entrada del parque, pero un nuevo revés nos esperaba, la camioneta del guía se accidentó durante al menos 2 horas, algún problema con la alarma nos impidió seguir.   Continuaba lloviendo, el Volcán ya no se divisaba por lo espeso de la neblina.   Sin embargo, manteníamos el buen humor, ahora más que antes burlándonos de la malaventura.  

Finalmente logramos solucionar el problema y estábamos de nuevo en la vía; seguía lloviendo persistentemente creando un clima de incertidumbre, pues amenazaba el éxito del ascenso.

Al rato llegamos a la entrada del parque y Edy se bajó a mostrar sus credenciales de guía.   Sin bajar el vidrio de la camioneta pude percibir la actitud prepotente del guardaparques y abrí mi ventana para lograr escuchar:

- No pueden pasar al parque, son más de las 5 de la tarde; va a caer la noche y tengo que respetar el horario. Lo siento, será para otro día. Usted como guía debería saberlo, es el reglamento; como garante del Parque Nacional Cotopaxi sólo cumplo con mi deber, les agradezco que se retiren.

Luego de oír pacientemente aquel discurso, Edy le demandó nos dejara pasar al parque, explicándole que se nos había averiado la alarma de la camioneta 3 horas atrás y no habíamos podido llegar a tiempo.

El guardaparques, aferrado a su antipatía, le respondió que debíamos haber tomado la previsión ante un eventual imprevisto y haber salido más temprano.   Semejante estupidez incrementó la tensión del momento y estuvimos a punto de entrar a la fuerza.   

Luego de un rato de explicaciones e insistencia, accedió a dejarnos pasar, exigiéndole a Edy que dejase su carnet de guía certificado del parque, asumiendo cualquier sanción futura.

Finalmente, a las ocho de la noche, ya estaba dentro de mi saco de dormir, descansando en aquel refugio, junto a unos 30 montañistas que pretendían lograr la misma cumbre.

Teníamos previsto levantarnos a las 12 para empezar a ascender a la 1; pero en sólo 2 horas empezarían a despertarse los primeros montañistas.   Desde las 10 hasta las 12 de la noche, dormiría entre luces de linternas, conversaciones emocionadas, toses nerviosas, e innumerables sonidos de cierres que se abrían y cerraban.

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    A las 4 de la mañana iba montaña arriba sobre el Volcán Cotopaxi.

Cuestionando mi nivel de cordura, me debatía internamente sobre el gusto que siento por este deporte, influenciado por la agonía que había significado el llegar hasta donde estaba.   Tenía que continuar subiendo y concentrarme en coordinar el paso con el resto de la cordada, no podía dejar que me consumiera ningún pensamiento negativo, ya estaba en plena subida y había que disfrutarlo.

Llegando al límite de mi paciencia, levanté la cabeza y avisé para tomar un descanso.   Miré hacia arriba como pidiéndole al cielo que me diera una razón para continuar.   Estaba completamente estrellado y la luna apenas salía detrás de mí; justo arriba de nosotros un satélite hacía su largo recorrido, y mientras deducíamos su dirección, inesperadamente una estrella fugaz pasó por su lado.   

En medio de tantos repentinos estímulos recordé la razón de mi viaje.   A partir de allí olvidé el peso de las botas y traté de buscar el humor en mis desoxigenados comentarios para animar la agotadora caminata.   Al rato amaneció y todo fue cambiando gradualmente de color. Saqué mi cámara y me deleité como solo se puede hacer en un momento como ese.   

Finalmente, estábamos en la cumbre del Cotopaxi.   Era una gran extensión de nieve, cómoda y solitaria.   En el medio, su grandioso e intimidante cráter.

Un largo abrazo entre nosotros expresó el gran esfuerzo que significaba estar en el tope de aquel volcán, y recordando el intento frustrado de dos años antes, le dí gracias a la vida por permitirme estar allí.   Esta vez, colmado de alegría.