"Los Chamulas"

 

Daniela Bascopé

 

www.danielabascope.com

 

"Los Chamulas"

 

Dentro del autobús y unos minutos antes de llegar a nuestro destino, el guía nos advertía sobre los Chamulas. Cualquiera que fuese extranjero (inclusive Mexicano) era considerado un extraño o una persona de poco confiar. 

 

 

Sobre los paisajes que se escurrían por las ventanas del autobús, la voz en micrófono del guía, hablaba del pueblo de San Juan de Chamula: "habitado por etnias mayas, el pueblo "Chiapaneco" del territorio Mexicano, había sido invadido y conquistado por los españoles alrededor del 1524. Después de varias opresiones por parte de la colonia española y un par de importantes rebeliones indígenas a lo largo de varios siglos, los Chamulas (también conocidos como tzotziles), lograron conseguir la autonomía sobre sus tierras."

 

Nos bajamos del autobús y decenas de niñas chamulas, ataviadas en sus trajes típicos de cinturón y faldas peluche, nos abordaban con artesanías y exclamaban  en su particular acento: "después señora? después?"
"¿Después?"- le pregunté al guía

 

-"Después" significa, "me lo compra después de su paseo por mi pueblo?", y créame: si le dice que si, la  van a estar esperando…."- me respondió. Todos procurábamos decirles que no estábamos interesados y ellas susurraban entre sí en un dialecto maya ininteligible para nosotros.

 

Bajamos caminando entre la neblina y el frío de la montaña.

 

De un lado estaba el cementerio; el único del pueblo y en cuyo centro se encontraba los vestigios de una iglesia que, en años anteriores, se había incendiado por accidente. Los Chamulas, indignados con los santos que allí se encontraban por no haber protegido su iglesia de las llamas, la abandonaron junto con las estatuillas que allí se encontraban.

 

Mientras escuchaba esta explicación, una niña chamula estaba parada muy cerca de mí; petrificada, viéndome. Su cara seria y sus ojos clavados en mí,  parecían traer conjuros y misterios. Cuando le quité la mirada, se fue corriendo entre las cruces del cementerio a hablar en su dialecto con otras niñas.

 

Seguimos el recorrido y en el camino, nos cruzamos con una casa de bajareque  en cuyo patio, correteaban niños y gallinas. Por detrás de unas sábanas y un poco de humo, se asomaban algunas mujeres curiosas por nuestras presencia, pero trémulas como para mostrarse por completo. Del otro lado de la casa, como en una clase aparte, había un grupo de hombres ataviados con pieles de borrego, cinturones y arcaicos radios para comunicarse entre sí. Eran los policías y "mayordomos" (otro tipo de autoridad del pueblo). Todos con facciones muy marcadas y con miradas punzo penetrantes. El guía nos advirtió de inmediato que no tomásemos fotografías a este grupo bajo ningún concepto. En excursiones anteriores -nos contaba- uno de los policías chamula había tirado al suelo  la cámara de una alemana, cuando este sintió que lo había fotografiado. Ante esa advertencia y con cierto temor, muchos guardaron sus cámaras.

 

Uno de ellos se adelantó, quizá para vernos más de cerca: quizá para escuchar cómo el guía hablaba sobre ellos; quizá solo para amedrentrarnos. Sentí el peso de esa mirada que ya había reconocido en la niña del cementerio.

 

Los chamulas tenían sus propias leyes y ningún policía federal o entidad tribunal mexicana, tenía injerencia alguna sobre ellos. Lo que pasaba dentro de San Juan de Chamula era asunto de los Chamulas. Aquel hombre que nos miraba, tenía poder.

 

La neblina fue desapareciendo y el sol empezó a calentar. Seguimos caminando y pasamos por una fila de puestos artesanales que desembocaba en un gran mercado ubicado en la única plaza del pueblo indígena. Cientos de chamulas formaban parte de la colorida composición. Papás, maíces, telas, pieles de borrego, caracoles vivos, zapatos usados, campanas y miles de artesanías que se fundían entre los pies descalzos y las manos sucias. Para mi asombro y en contra de todo pronóstico, Los Chamulas también vendían Coca Cola. De hecho, son unos de los mayores consumidores de Coca Cola en el mundo. Beben de 3 a 4 botellas pequeñas por día. Una de las razones para este paradójico y alto consumo es la siguiente:  entre los pobladores, eructar, se considera la vía para "expulsar a los malos espíritus del cuerpo". De esta manera, mientras más gaseosas beban, más  probabilidades tendrían de "sacar lo malo de adentro" y "purificar el alma". Jamás me hubiese imaginado que la Coca Cola podría ser usada para tales fines y mucho menos en esos recónditos lugares.

 

Con una de estas bebidas en la mano, caminaba una niña de 8 años en cuya espalda y entre una tela azul,  guindaba un bebé que dormitaba. Al mismo tiempo, la niña vendía artesanías y saltaba los obstáculos del piso con pericia.
Sobre la imagen escuchaba la voz del guía, quien entre otras cosas explicaba, que las mujeres chamulas, no podían elegir con quien se casarían y, desde muy niñas, tenían que hacerse  cargo de sus hermanos menores tanto como si fuesen sus madres.

 

En el camino, varios hombres dormitaban en escaleras, presos del sueño etílico producido por el poosh, un tipo de agua ardiente obtenida de la fermentación del maíz típica en la etnia.  A los niños se les da poosh desde muy pequeños por lo que muchos crecen ingiriendo altas cantidades de alcohol. La muerte por cirrosis hepática es  frecuente en San Juan de Chamula. Sin embargo, sus habitantes no consideran que esta sea la razón de una muerte así. Muchos asisten al curandero y consiguen las causas de la mayoría de las enfermedades en "el mal de ojo" o la envidia.

 

Cánticos de venta me sacaron del asombro y continuamos caminando hacia la iglesia. Era jueves santo y el pueblo se preparaba para una gran celebración.
El guía advirtió a los católicos  del grupo, sobre algunos ritos religiosos que los chamulas practicaban dentro de su iglesia, los cuales, eran considerados por muchos, como paganos. Dentro de la iglesia estaban prohibidas la fotografías.

 

Entramos en fila.

 

Del sol recalcitrante nos adentramos a las penumbras de la iglesia.
Una neblina de inciensos acumulados y vivientes inundaban la iglesia llena de gente. Evangelización y prehispania.

 

En el centro de la iglesia, una forma irregular cubierta de una cantidad impactante de flores; más allá, una cruz acostada y rodeada de cientos de velas; de un gran balde, algunos Chamulas tomaban agua de pétalos; diez ancianas ataviadas en túnicas blancas rezaban sentadas a un lado del piso; en el centro, un par de curanderos repartían plantas medicinales y oraciones curativas; junto al altar y de nuevo, para quitarnos el aliento a todos, una pila de gaveras de Coca Cola esperando para ser usadas en los ritos; alrededor, y cerca de las paredes,  los santos con rostros extraños y un poco tenebrosos, eran los únicos que nos miraban a los ojos: para el resto de los chamulas, los extranjeros éramos prácticamente invisibles. En el cuello de los santos colgaban espejos y en uno de ellos vi mi rostro reflejado. Sobre la imagen, cánticos y rezos religiosos. Sacrificio de animales.

 

Era sin duda una escena impresionante.

 

Cuando salí de la iglesia, la luz del sol volvía a chocarse con los ojos y el estupor.

 

Afuera; niños corrían por la plaza; 4 jóvenes cargaban flores y hortalizas; una madre adolescente amamantaba a un bebé mientras caminaba; una niña con una cicatriz vendía pulseras. Todos estaban ocupados, viviendo en la rueda del engranaje. Todos cumpliendo una función. Había algo en aquel pueblo que era indescifrable y sin duda alguna, milenario. Los chamulas habían resguardado sus tradiciones durante años  y así seguían viviendo. A pesar de las invasiones, las guerras, las conquistas y la tecnología, los tzotziles albergan en su mirada el sello milenario de una cultura que jamás ha dejado de estar ahí…un pueblo que sobrevivía a los cambios y al paso del tiempo…

 

A punto de irme, la niña del cementerio se me acercó con su pequeño hermano.

 

"Foto?"- preguntó la niña.

 

La miré extrañada

 

-"Foto con mi hermano?"-

 

Preparé la cámara y les pedí una sonrisa. La niña del cementerio me volvió a mirar con esa estampa misteriosa e impenetrable, como si no conocieran lo que es una sonrisa, al menos no una para no nosotros...

 

Tomé la foto y a cambio de 10 pesos me llevé sus miradas …